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LA HISTORIA DEL BUCEO

LA HISTORIA DEL BUCEO

Para dar forma a la historia del buceo sin duda alguna podemos afirmar que el ser humano desde sus inicios, lógicamente, siempre ha sentido curiosidad por descubrir que es lo que se oculta bajo el mar: Aquí encontraba una despensa de sabrosos alimentos tales como crustáceos, moluscos, peces, tortugas… Las redondas y brillantes piedras que encontraban en las ostras llamaban enormemente la atención… Las útiles esponjas eran muy demandadas recogiéndose del fondo en grandes cantidades…

En su afán por intentar ganar visibilidad y tiempo bajo el agua, muchos y muy variados inventos y artefactos se han intentado utilizar a lo largo de los siglos. Así también, el hombre ha ido siendo consciente de los peligros del hábitat natural y los cambios fisiológicos que se producen en el organismo. Pero es sólo a partir de mediados del siglo XX cuando este conocimiento ha permitido la popularización de la práctica del buceo como actividad de aventura.

Encontramos indicios ya en la prehistoria, en los grandes yacimientos de conchas de moluscos, muchos de los cuales sólo se encuentran varios metros por debajo de la superficie del mar. Esto prueba que el hombre primitivo se veía obligado a bucear hasta los lugares en que estaban enclavados.

Las tribus de la Polinesia también hablan del buceo desde tiempos inmemoriales. Estas tribus usaban unas lentes submarinas formadas por un armazón de madera sosteniendo una lámina transparente de caparazón de tortugas marinas.

Ornamentos de madreperla encontrados en las pirámides egipcias (alrededor de 4500 años AC) constituyen otra evidencia de buceo desarrollado en esta época tan remota. Es bien sabido que las conchas de la ostra no puede ser capturadas de otro modo que no sea despegarlas desde el fondo del mar. Estas conchas eran también populares entre los pueblos de otras culturas antiguas. Por ejemplo, el emperador de China recibió un tributo hecho de conchas de perla alrededor del 2.250 AC.

En La Iliada y La Odisea de Homero encontramos ya textos haciendo referencia al buceo desde barcos para la recolección de otras para la tripulación. Tito Livio cuenta como en el siglo II AC, el rey Perseo arrojó su tesoro al mar para evitar que cayese en manos del enemigo, siendo recuperados después por unos buceadores llamados “urinatores”. Eran profesionales reconocidos en la época romana que se dedicaban a rescatar objetos caídos en el puerto, a realizar reparaciones de naves y a extraer el cargamento de naves hundidas. Iniciaban la inmersión con la boca llena de aceite que iban soltando conforme bajaban con el fin de crear una película que mejoraba la visión. Su trabajo estaba regulado por la Lex Rhodia que establecía que el urinator podía quedarse con un tercio del valor del material extraído hasta los 15 m. y con la mitad si se recuperaba hasta los 27 m.

En la Problemata de Aristóteles se mencionan dos tipos de aparatos de inmersión. Uno de ellos, la “lebeta”, consiste en un gran recipiente metálico que se coloca invertido en el agua, lo que permite mantener en su interior el aire que su capacidad admitía. Uno o más buzos se introducían en su interior desde donde realizan expediciones submarinas. El otro instrumento es un tubo respirador muy parecido al actual.

En la Edad Media encontramos a un extraordinario buceador, conocido como “el pez”, cuyas proezas submarinas fueron inmortalizadas por Federico Schiller en su balada del “Buceador”, y como personaje del “Quijote” de Cervantes con el nombre de “Peje Nicolao”. Era capaz de salvar grandes distancias a nado, por lo que le empleaban como correo marítimo entre los puertos del continente y las islas. El rey Federico de Nápoles y Sicilia quiso comprobar la certeza de sus hazañas y se lo llevó hasta el famoso remolino de Caribdis, en el estrecho de Mesina, y arrojó al agua una copa de oro, diciéndole a Nicolao que si la recuperaba, era suya. “Pesce Cola” se lanzó al agua y salió con la copa en la mano, contando tremendas visiones de monstruos marinos.

En el Renacimiento, el polifacético genio Leonardo da Vinci ¡cómo no!, diseñó varios artefactos de buceo. Uno es un completo casco con gafas y tubo respiratorio, con púas, que hacían de defensa natural contra posibles depredadores. Otro representa un voluminoso recipiente de aire sobre el pecho del buzo conectado a una máscara que le cubre parte del rostro. El más perfecto de sus diseños consiste en un traje de buzo completo, un “equipo que cubre todas las necesidades vitales bajo el agua”.

Desde mediados del siglo XVIII los descubrimientos permitirían a los buceadores sumergirse a una mayor profundidad y por más tiempo. Ganan aceptación las campanas de buzo, desarrollandose varios modelos como la de Lorini (1.609), la “Patache” de Jean Barrié (1.640), o la de Edmond Halley (1.690), que recibía suministro de aire desde la superficie.

La posterior evolución de la campana se debe a Augustus Siebe, a quien se le conoce como el “Padre del Buceo Moderno”, y que reduciría su tamaño hasta convertirla en un casco que recibía aire de una bomba desde superficie. En 1.837 incorporó un traje impermeable que dejaba “en seco” el cuerpo del buzo, y lo bautizó como “escafandra”, naciendo así el equipo de buzo clásico que, con algunas modificaciones, ha llegado hasta nuestros días.

En 1.860, un oficial de marina, Auguste Denayrouze, y un ingeniero de minas, Benedict Rouquayrol, se unieron para construir un aparato mas ligero, un depósito metálico que contenía aire a 30 o 40 atmósferas de presión, con un regulador elemental y una manguera que suministraba aire desde la superficie. Se podía entonces desconectar por breves periodos de tiempo mientras el buceador seguía respirando de la reserva de su depósito. Le darían el nombre de “Aeróforo”. Este aparato no llegó a utilizarse masivamente ya que permitía escasa autonomía y no disponía de un sistema de visión adecuado. Henry Fleuss desarrolló en 1.879 un equipo de buceo que funcionaba con mezclas de 50-60% de oxígeno. La primera inmersión duró una hora y tras el éxito de la misma convenció a Siebe Gorman and Co., de Londres, para que fabricara su equipo.

Ya en el siglo XX, en 1.933 un investigador francés, Le Prier, patenta la escafandra que proporciona al buceador una autonomía real, gracias a la botella con aire a alta presión (150 atmósferas), y una buena visión, con el empleo de una máscara facial. Pero este aparato no disponía de un sistema de control del consumo, lo que limitaba mucho su autonomía. Otros elementos fundamentales para el desarrollo del buceo moderno van naciendo como las aletas o pies de rana (1.935), el tubo respirador y la máscara que abarca ojos y nariz (1.938). En 1.943, el equipo formado por un Teniente de Navío Jacques-Yves Cousteau, el ingeniero Emile Gagnan, y un joven deportista Frédéric Dumas probarían en aguas de la Costa Azul un aparato que habría de convertirse en aquel con el que tantas generaciones habían soñado. Se trataba de la escafandra autónoma, cuyo elemento fundamental era un regulador que suministraba al buceador aire a presión ambiente, que se encontraba comprimido a gran presión en una botella.

Este sistema daba la oportunidad de bajar a unas profundidades nunca imaginadas y con un sistema de respiración bastante aceptable. En realidad la escafandra es solo una parte del invento, pues Cousteau utilizaba una máscara que cubría ojos y nariz, unas aletas de goma, y compensaba la flotabilidad natural del cuerpo humano con un cinturón con pastillas de plomo. Desde entonces, los avances en el entendimiento de la fisiología y la técnica, han permitido que los buceadores lleguen a descender hasta más de los 300 metros de profundidad, el actual record mundial:

DOCUMENTACIÓN
http://studentcompetitions.com
http://www.psdiver.net
http://www.rincondelvago.com
http://www.diving-zone.com